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supervision en Terapia gestalt P Peñarrubia

Publicado el 6 de Septiembre, 2006, 6:08. en General.
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La Supervisión Gestáltica de Paco Peñarrubia

 

Tomado de:  Gestalt de vanguardia

Naranjo, Claudio (2002). SAGA ediciones. Argentina. PP. 68-88

 

 

Parte 1

 

Cuando conocí a Paco, él ya era una persona muy querida entre los gestaltistas españoles e internacionalmente reconocido (aparte de ser el presidente de la Asociación Española de Terapia Gestalt). Hoy en día, después de los años de entrenamiento superior que ha representado su participación en mis intermitentes talleres en España, ha llegado a un grado poco común de madurez aun entre psicoterapeutas, y puede decirse portador del manto entre  los que encarnan aquella "Gestalt según el espíritu de Fritz", a la que me he referido en Gestalt sin fronteras.(4)[1] Tiene fama ya de transmitir una Gestalt genuina, que no produce técnicos sino gente arriesgada y comprometida; en un brindis que tuvo lugar en la Alcaldía de Madrid, con ocasión del segundo congreso internacional de Gestalt, hablé de Paco como "una hormiguita" que había trabajado mucho con humildad.

 

Hoy en día puedo agregar que, como Fritz en sus años de maestría, no ha dejado de trabajar en sí mismo. Puedo agregar que Paco ha sobresalido no sólo en su práctica y enseñanza de la Gestalt: diría que su apertura y autenticidad, así como la salud de sus relaciones personales —menos plagadas de competencia o ansia de poder que en otros de su renombre—~, lo hacen una persona singular en la Gestalt internacional. Tiene buena mano para convertir a sus pacientes o alumnos en buscadores, que terminan embarcando en un camino que va más allá de solucionar sus problemas o de ganarse bien su vida. Y ya existen varios institutos creados por gente que se formó con él, que actualmente es director de la Escuela Madrileña de Terapia Gestalt. Les va bien, porque tienen cierto "sello".

 

C.N.

 

I.                   La supervisión gestáltica

 

Si reflexionamos sobre el oficio de terapeuta y cómo se adquiere esta habilidad, estaremos de acuerdo en que, clásicamente, se han tenido en cuenta tres factores: el aprendizaje, el proceso personal y la supervisión. Sobre el aprendizaje o la formación existen dos tendencias predominantes. Una, más vivencial: se aprende viendo impartir la terapia (y Fritz Perls decía que quien quisiera aprender Gestalt, que asistiera a sus talleres y lo viera trabajar); otra, más intelectual o discursiva, que pasa por leer, estudiar, reflexionar sobre los problemas de la relación, la intervención, el encuadre terapéuticos. Ambas son complementarias, si bien hay formadores que responden más al primer modelo (maestro-aprendiz) y otros al segundo (profesor-alumno). (p.69)

 


Sobre el proceso personal, todas las terapias introspectivas (desde el psicoanálisis hasta los múltiples enfoques humanistas) consideran imprescindible que el futuro terapeuta haya sido paciente, aunque sólo sea para conocer el efecto de la terapia y tener la vivencia del proceso desde "el otro lado”. Luego, hablaremos más en profundidad sobre la importancia capital del trabajo personal en la formación del terapeuta. La supervisión, como tercer elemento, se ha entendido tradicionalmente como la herramienta para corregir las deficiencias del terapeuta principiante. Esta concepción, que procede del modelo médico, concibe al supervisor desde un posicionamiento jerárquico, como la misma palabra indica: una mirada desde arriba, una visión de superioridad basada generalmente en los conocimientos. En este sentido, las actividades más habituales de la supervisión han sido revisar y precisar el diagnóstico, preparar el plan de tratamiento y proponer vías de abordaje.

Además de aprendizaje, terapia personal y supervisión, hay un cuarto factor sumamente didáctico para el aspirante a terapeuta, que Claudio Naranjo expone en La vieja y novísima Gestalt: la explicitación, por parte del profesional experto, de por qué hizo esto o aquello; pocas veces se tiene acceso a la conciencia y a la percepción del terapeuta mientras trabaja, de ahí la importancia de este documento en forma de notas a pie de página (sesiones de Len y Richard), una especie de autosupervisión enormemente útil para la enseñanza.

Si nos centramos en la supervisión gestáltica, es muy poca la literatura disponible (1) no sólo específica de la terapia Gestalt sino de la supervisión en general, así como de la contratransferencia (en comparación con la abundancia de textos sobre transferencia), lo cual hace pensar en las dificultades que tenemos los profesionales para reflexionar personalizadamente sobre nuestro quehacer.

Harman y Tarleton (2) señalan como uno de los métodos principales de 1a supervisión gestáltica "enfocar la responsabilidad del terapeuta en los problemas terapeuta/paciente". Se prima así la dinámica del "aquí y ahora" y se evita "la esterilidad de hablar acerca del paciente, que remitiría a un allí y entonces. Todo esto coincide con la formulación de la supervisión como "terapia del terapeuta". (3) que define muy acertadamente el estilo gestáltico. Dentro de esta dinámica, los autores antes citados aluden a una serie de problemas que son responsabilidad del terapeuta y que, por tanto, encara la supervisión:

 

+ La falta de conocimientos teóricos. El terapeuta incompetente culpa a la teoría gestáltica de lo que sería propia ignorancia; por ejemplo, si la Gestalt funciona o no con psicóticos, si no puede aplicarse en instituciones públicas, etc., cuestiones que he escuchado repetidas veces en supervisión, y que aluden más a la Gestalt como saco de trucos que como un punto de vista con una sólida base teórico-práctica.

* La rigidez e inflexibilidad del terapeuta con pacientes de carácter similar al de él, que frecuentemente desemboca en un impasse y no se consideran otras alternativas o vías de trabajo capaces de desbloquear la situación.

* Los mecanismos defensivos del terapeuta, que hacen ver como dificultades (p.70) del paciente lo que son proyecciones, retroflexiones, confluencias o introyectos del terapeuta.

Volveremos a tocar estos asuntos más adelante, de distintas maneras; pero vamos primero a hablar del supervisor y de las diferentes formas de practicar su tarea.

 

 

II. Quién y cómo supervisa

 

 

Existen básicamente dos modalidades a la hora de situar al supervisor y su contexto de trabajo: o bien se trata de una covisión o bien de una supervisión, utilizando el juego de palabras propuesto por A. Rams. (4)

 

El primer caso es muy frecuente en la situación de entrenamiento y en la reunión de colegas, y se trata de revisar ínter pares el trabajo de uno de ellos. Durante el entrenamiento, se acostumbra hacer prácticas de terapia donde, como mínimo, se distribuyen estos tres roles: terapeuta-paciente-observador/supervisor. El papel de este último es proporcionar un feedback al terapeuta acerca de su trabajo, y cumple así una función supervisora no tanto por la superioridad de conocimientos (se trata de compañeros de curso) como por la atención distanciada, fruto de la observación. También este rol requiere un cierto entrenamiento (al principio dominan los prejuicios, los proyecciones, etc.) y, en la medida en que el observador desarrolla una actitud de atención y de honestidad, se convierte en un elemento de gran ayuda, proporcionándole al compañero-terapeuta un espejo de sus actitudes, sus comportamientos posturales, intervenciones, bloqueos, tipos de pregunta utilizados, ejercicios o juegos propuestos, etc. Esta "democratización" de la supervisión es tan eficaz como lo que Claudio Naranjo propugna en sus grupos como "terapias recíprocas", es decir, el aprovechamiento de los recursos humanos del grupo, donde cada cual es capaz de ayudar al otro como terapeuta amateur (no investido de autoridad profesional) si se lo entrena en una escucha atenta y en una actitud transparente y real.

El encuentro de colegas para compartir las dificultades nacidas de la práctica psicoterapéutica tiene este mismo sentido de "covisión". Supone enseñarse, revelar aquello que ocurre en la intimidad de la sesión individual (o grupal), así como escuchar los comentarios del otro por lo que tienen de contraste. Esta reflexión entre iguales es tan útil como recomendable, y todo profesional  debería considerarla como una actividad periódica inherente a su oficio.

En el segundo caso, hablar de super-visión en vez de co-visión, ya induce lo que antes comenté de posición superior. Como yo lo entiendo, la figura del supervisor no es tanto desde la superioridad de los conocimientos sino, sobre  todo desde una mayor experiencia y, fundamentalmente, una mayor madurez  personal. Digamos que, como en el caso del buen terapeuta, ha trabajado más sobre sí mismo y ve las cosas desde otro lado. Conviene recordar aquí dos sabias expresiones: aquello que decía Jung de que "sólo el herido cura" y "nadie puede llevar (p.71) a otro más allá de donde él mismo llegó", de profunda  resonancia chamánica y espiritual. Además de este mayor bagaje de trabajo y conocimiento interior, está la experiencia, las "horas de navegación", la costumbre de reflexionar sobre el propio quehacer y de observar el modo de trabajar del otro, todo lo cual proporciona la habilidad para señalar, devolver y, en resumen, serle útil al supervisado en el afinamiento de su pericia terapéutica.

Sobre las formas de supervisar, Harman y Tarleton aluden a la supervisión individual, grupal, in situ, y en tríadas e ínter pares (de estas dos modalidades ya hemos hablado). Cualquiera que sea el formato, la distinción más abarcativa sigue siendo la de "supervisión de prácticas" y "prácticas supervisadas" (A. Rams, 1989).

 

En lo que hace a mi experiencia, acostumbro a supervisar de ambas maneras, y la necesidad de hacerlo vino dada en parte por la propia dinámica del  entrenamiento de profesionales, una vez que se creó la Asociación Española de Terapia Gestalt (1982) y tuvimos que darle una forma más estructurada a la formación de gestaltistas. Hasta entonces, había supervisado esporádicamente  a algunos terapeutas principiantes, siempre a petición de ellos, y en coincidencia con momentos conflictivos en los que acudían a mí con más angustia que deseos de reflexionar sobre su oficio. Entendía que aquello que se me solicitaba no era sino otra forma de terapia, la terapia del terapeuta, y así lo abordaba. Después de muchos años como supervisor, sigo creyendo que ésta es la esencia de la supervisión: un espacio terapéutico donde el profesional observa, se descubre, se cuestiona y aprende de sí. Hay otros muchos aspectos que enriquecen esta tarea: la reflexión teórica, el manejo de la técnica, la comprensión del proceso... pero todos ellos, secundarios.

 

A. Mi experiencia de prácticas supervisadas es dentro de los cursos de formación, donde el ciclo de entrenamiento se completa precisamente con un año de supervisión. Aquí, cada "aprendiz" trabaja con un compañero-cliente ante la mirada del grupo y del supervisor. También cada alumno dirige el grupo de sus compañeros, de forma que conozca al menos esas dos modalidades de intervención: la individual y la grupal (a veces hemos abordado también la experiencia de la coterapia, situación peculiar que tiene sus problemas específicos). En ambos casos, reproducimos una sesión convencional (de 45 a 60 minutos), no se interrumpe al que actúa de terapeuta hasta que da por finalizada su intervención y, entonces, recogemos el feedback del grupo, el del propio cliente (si fue una sesión individual), las observaciones de quien hizo de terapeuta y, finalmente, intervengo yo. El tiempo de feedback y supervisión dura habitualmente lo que la sesión. Según otros estilos, se permite al supervisor interrumpir la sesión, o bien el alumno-terapeuta la detiene para consultar; yo prefiero que el aprendiz atraviese sin ayuda los momentos difíciles en que se encuentre, en parte para que se familiarice con estos vacíos y en parte para que cobre confianza en la fertilidad de éstos. Además, no se trata de "hacerlo bien", en el sentido de aprobar un examen, sino de experimentarse aprovechando la garantía de "laboratorio" que tienen estas (p.72) prácticas. Lo significativo es siempre lo que ocurre, no lo que debería haber ocurrido. Tampoco soy partidario de simular una sesión; por ejemplo, un alumno que ya está ejerciendo como terapeuta y que quiere reproducir el caso de un paciente determinado, con lo cual su compañero-cliente tendría que simular dicho caso y "hacer" de psicótico, por ejemplo, o de persona rígida o de permanente descalificador, etc. Otro ejemplo: quien va a trabajar como terapeuta le pide al grupo de compañeros que actúen como amas de casa o como adolescentes conflictivos o como alcohólicos... ya que quiere reproducir su situación habitual de trabajo con grupos de estas características. Un estilo de supervisión psicodramática, con su planteamiento de la escena, su caldeamiento, su acción, sus egos auxiliares, etc., se adecuaría mejor a este tipo de situaciones; yo he experimentado este abordaje con profesionales argentinos de la escuela de Pichón Riviére y reconozco su eficacia en este contexto, pero las veces que en grupos de Gestalt se han propuesto estas situaciones simuladas he observado que se prestan a actitudes falsas, a ocultamientos del terapeuta, a agresiones indirectas y a todo tipo de confusiones del "como si"; por eso prefiero que la práctica se desarrolle en términos de aquí y ahora reales (bastante artificiosidad conlleva este contexto de laboratorio al que antes aludía) y, si entendemos que la supervisión se centra sobre todo en el terapeuta, aquí tendremos ocasión de observar su escucha, su presencia (o la ausencia de ambas), cualquiera que sea el cliente o grupo que encare.

 

B., La otra forma, a la que hemos denominado supervisión de prácticas, es la más habitual con terapeutas principiantes, que traen sus casos para reflexionar sobre ellos y sobre sí mismos. Es una herramienta de mucha ayuda que provee de mayor seguridad y suple en parte la experiencia que lógicamente le falta al novato. Por supuesto que no es un instrumento sólo para terapeutas noveles; es más, creo que su eficacia aumenta cuanto más expertos son los supervisados, aunque su urgencia disminuya porque se ha ido diluyendo la angustia que caracteriza a los comienzos profesionales.

He realizado durante años esta supervisión individualmente, y todavía lo hago con colegas que, por vivir en otras ciudades, no pueden ajustarse a horarios de grupo; pero, en los últimos cinco años, prefiero el formato de grupo porque lo considero mucho más útil. Se trata de grupos pequeños, alrededor de a cuatro personas, de periodicidad semanal, donde cada sesión la ocupa un terapeuta que cuenta su caso, sus dificultades y dudas, para recibir posteriormente el feedback de sus compañeros y el mío. Me interesa una cierta heterogeneidad en la composición de estos pequeños grupos: diferente nivel de experiencia profesional, práctica privada y pública, trabajo con otras técnicas complementarias a la Gestalt, concepciones más psiquiátricas, psicológicas o intuitivas, etc., todo lo cual enriquece el intercambio; los desajustes que pueda ocasionar esta heterogeneidad son muy rentables en términos de "disolver el ego", aspecto muy importante de la supervisión. El único criterio homogéneo que solicito de los participantes es el conocimiento y la experiencia personal en el trabajo de Eneagrama, herramienta que utilizo sistemáticamente y de la que volveré a hablar más adelante.

La importancia del grupo en esta manera de supervisar se me ha hecho más evidente con el tiempo: (p.73)

 

* Por la riqueza del feedback, que amplía la visión que el terapeuta tiene de su trabajo.

* Por el acto mismo de desvelar y transparentar lo mejor y lo peor de sí mismo (y no conozco otra forma más profunda de ir construyendo la seguridad interior y, en consecuencia, la potencia profesional). Además, la terapia individual corre el peligro de enquistamiento por ser un mundo cerrado entre el paciente y el terapeuta'. Algo tan "privado" puede pecar de simbiosis o de hermetismo. Traerla a supervisión, airearla, es un buen antídoto, puesto que el terapeuta, en nombre de esa intimidad, casi siempre se está protegiendo (esto sería lo enfermizo de una relación cerrada). Cuando un terapeuta se muestra y se enseña al grupo de supervisión, está disolviendo estos secretos y se está comprometiendo con su oficio y con su paciente aunque, paradójicamente, parezca que los traiciona.

* Por el apoyo que el grupo proporciona. No se trata de un apoyo neurótico, como consolar, dar ánimos, minimizar las actitudes falsas... sino el apoyo humanizador que proporciona reconocer que las propias limitaciones e inseguridades son también las de los otros, que "somos navegantes inexpertos con mapas rudimentarios", como decía Fritz Peris. He observado que, al principio, las devoluciones de los compañeros suelen ser hipercríticas y exigentes, para ir convirtiéndose con el tiempo en compasivas y denunciadoras a partes iguales.

Otra forma de supervisar es a través del registro de la sesión en video, lo cual es tanto una práctica supervisada (se filma in situ) como una supervisión de la práctica, que en este caso se trae grabada en vez de contarla. Sus  posibilidades son enormes y me gustaría utilizarla más frecuentemente si no fuera porque  exige más tiempo: visionaria, parar tal o cual escena para analizar lo postural o las intervenciones, reflexionar en un momento dado qué otras alternativas se le estaban ocurriendo al terapeuta y por qué no las utilizó, etc. Tiene el impacto de "verse", en vez de imaginar, amañar o interpretar lo que uno hace. Tiene la contundencia de lo obvio.

Últimamente, y a sugerencia de Naranjo, he probado filmar la cara del supervisado mientras observa el video de su trabajo y, aunque tengo poca práctica en ello, puedo adelantar que resulta tan potentísima esta espiral de "verse viéndose", que casi no hace falta que intervenga el supervisor.

 

 

FIN DE PARTE I



[1] Claudio Naranjo, Gestalt sin fronteras, Buenos Aires, Era Nádenle, 1993.


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